Todos los jueves paraba allí a tomar café y se quedaba tomando notas en aquella mesa hasta la puesta de sol, mirando aquellas olas que iban y venían rugiendo a merced del viento. Aquello era un regalo que no podía parar de visualizar.
Ella lo veía llegar y automáticamente cambiaba la rutina de trabajo de todos sus empleados para poder atenderlo. Dejaba las facturas, los balances y las nóminas y pasaba la tarde pendiente de aquella mesa y "su" ocupante.
Hola, qué desea tomar? -preguntaba.
Cualquier día te como a besos, -pensaba.
Un café solo, con mucho hielo, por favor -respondía.
Será mejor que lo hagas, pensaba él, con esa esperanza vuelvo cada jueves.
Cualquier día te como a besos, -pensaba.
Un café solo, con mucho hielo, por favor -respondía.
Será mejor que lo hagas, pensaba él, con esa esperanza vuelvo cada jueves.
Sacaba su portátil y pasaba toda la tarde tomado notas sin poder apartar la mirada de aquella mujer que aparecía justo cuando él lo necesitaba, rozándole siempre con aquella sutileza que le trastornaba el pensamiento. Ella lo intuía, necesitaba tocarle y saber que aquello que ella sentía podría materializarlo algún día.
Por su cabeza iban y venían toda clase de imágenes, intentaba concentrarse, aquel bar, en aquellos días, era un hervidero de turistas y cuadraturas de empleados y números; los jueves le resultaba imposible trabajar. Sus oídos se centraban en captar todos los sonidos que llegaban desde aquella mesa, quería descifrar el contenido de aquellos escritos que celosamente creaba su cliente al teclear en su ordenador.
Lo vio venir por la pasarela de madera y rezó (cosa que nunca hacía) para que él leyera y aceptara aquella invitación general con nombre propio.
Se disponía a servirle el café cuando le oyó decir... Me gustaría reservar mi mesa esta noche.
Ha tenido suerte, es la única mesa que queda libre, respondió ella.
Miró a su alrededor resultándole extraño al ser aún media tarde pero observó que era cierto, todas las mesas vecinas ya habían sido reservadas.
Se hacía tarde y nadie ocupaba aquellos asientos. La tarde empezaba a caer y el silencio su fue apoderando de cada rincón de aquel espacio.
Extrañado se atrevió a preguntar qué ocurría cuando se percató de un detalle... en cada mesa había un mensaje para él. Terminó de leerlos cuando aquella ola en forma de ángel le susurró al oído que debía volar con ella.

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